Emily Thorne, una ex militar rusa, disfrutaba de su rutina diaria de ejercicios en el amplio jardín de su mansión. Bajo el intenso sol y vestida con ropa mínima, realizaba sentadillas, consciente de su propio atractivo y del poder de su físico tonificado. Sin embargo, ese día no estaba sola.
Dos de sus empleados la observaban desde un rincón, embelesados por sus movimientos y el brillo de su piel sudada. Sin percatarse de inmediato, Emily seguía con su entrenamiento, ajena a las miradas curiosas.
En un momento, Emily notó que estaba siendo espiada y, al girarse, descubrió a uno de los empleados, un hombre de piel morena, que, al ser descubierto, se acercó nervioso. En lugar de reprenderlo con dureza, decidió hacer que él también se ejercitara a sudar bajo el sol.
La tensión entre ambos fue creciendo conforme sus cuerpos se acercaban y se rozaban, incrementando la sensación de calor y deseo entre ellos. La atmósfera cargada de sudor y la cercanía hicieron que ambos no p