Todo empezó como un momento cotidiano en casa, una tarde tranquila sin mayores planes. Entre risas y movimientos torpes, uno de nosotros terminó quedándose atascado en el sofá, convirtiendo una situación común en algo inesperadamente divertido. Lejos de incomodarnos, el momento despertó complicidad, bromas y miradas cargadas de intención.
La cercanía obligada hizo que la tensión cambiara de tono. Las risas se transformaron en silencios intensos, los gestos se volvieron más lentos y la atmósfera empezó a cargarse de una energía distinta. No fue el accidente lo que importó, sino lo que provocó: una conexión espontánea, natural y llena de química entre dos adultos que se sienten cómodos el uno con el otro.
Sin prisas y con total consentimiento, dejamos que la situación fluyera, disfrutando del juego, de la cercanía y de esa chispa que aparece cuando menos se espera. Un momento simple, doméstico y real, que terminó convirtiéndose en una experiencia cargada de atracción y pasión compa